La tierra nos recordó que nos necesitamos

Hay días que se quedan grabados para siempre en la memoria de un pueblo. El miércoles 24 de junio de 2026, mientras los venezolanos conmemorábamos el natalicio del Libertador Simón Bolívar, la naturaleza escribía una página de dolor profundo. Alrededor de las seis de la tarde, sí, dos devastadores terremotos, conjuntados, sacudieron el país con implacable fuerza. En segundos apenas, hogares, edificios, escuelas, hospitales y hasta algunos sueños se vieron estremecidos. Las cifras de víctimas y pérdidas materiales son todavía inciertas.
Quizá nunca podamos conocerlas con absoluta precisión. Pero hay una certeza que nadie puede ignorar: Venezuela está de profundo pesar. Desde el Consejo de Administración del Instituto de Previsión y Ahorro del Personal Docente y de Investigación de la Universidad de Carabobo, (IPAPEDI), junto al Consejo de Vigilancia, Delegados y todo el personal administrativo expresamos nuestro más profundo pesar y consternación, además de solidaridad con las familias que hoy lloran la pérdida de seres queridos; y con quienes han resultado heridos o visto desaparecer, en pocos segundos, el fruto del esfuerzo de toda una vida.
En momentos como este, desaparecen las diferencias. No existen jerarquías, ideologías ni intereses particulares que puedan imponerse sobre el inmenso valor de la vida humana. La tragedia, amigos, nos iguala y nos recuerda nuestra frágil condición común de ser seres vulnerables. Pero también nos recuerda algo igualmente poderoso: nuestra extraordinaria capacidad para ayudarnos unos a otros. El mutualismo, como lado noble, nació precisamente para responder a circunstancias como estas. Surgió, seguro, de la convicción de que ninguna persona debe enfrentar la adversidad sola, y de que la fortaleza de una comunidad reside en su voluntad y capacidad de organizarse.
Cuando los pares asisten a sus pares, el dolor no desaparece, pero encuentra compañía. La incertidumbre no se extingue, pero se encuentra con la esperanza; las dificultades no se evaporan, pero encuentran manos amigas dispuestas a compartir la carga.
Los profesores universitarios conocemos bien el valor de la cooperación. Durante décadas hemos construido conocimiento juntos. Hoy estamos llamados a construir asimismo protección, acompañamiento y bienestar colectivo. La tragedia que hoy enluta a Venezuela y a nuestra comunidad UCista, debe convertirse en un poderoso llamado a fortalecer vínculos institucionales y, sobre todo, humanos. Es el tiempo de impulsarnos a consolidar una auténtica cultura de previsión social, donde cada profesor sepa que forma parte de una comunidad de intereses solidarios, en la que no se abandona a nadie cuando más lo necesite.
Desde IPAPEDI hacemos votos ante Dios a los fines de renovar nuestro compromiso con esa visión. No concebimos la previsión social como simples trámites administrativos o de beneficios económicos. La entendemos, sí, como una expresión concreta de fraternidad universitaria, como una forma de organización donde el sentido mutualista deja de ser un discurso para hacerse una acción permanente. Hoy lloramos con quienes sufren. Hoy abrazamos, aunque sea en la distancia, a quienes enfrentan pérdidas irreparables. Hoy hacemos votos y elevamos nuestras oraciones por las víctimas, sus familiares y por todos los equipos de rescate, médicos, enfermeros, bomberos, policías, militares y ciudadanos que, con silenciosa generosidad, trabajan sin descanso para salvar vidas.
También levantamos la mirada hacia el futuro. Porque a los pueblos no los define únicamente las tragedias que padecen, sino, sobre todo, por la manera en que se levantan después de ellas. Que este dolor nos encuentre más unidos que nunca. Que la solidaridad practicada, y no tanto predicada, se convierta en nuestra mayor fortaleza. Que la sinergia de las mejores voluntades y capacidades UCistas sea mucho más que una amable expresión: que sea la firme respuesta colectiva que el tiempo aciago nos exige.
Profesor(a), la tierra tembló bajo nuestros pies, pero ojalá que jamás tiemble nuestra acerada voluntad de servir, de asistir, atender y de reconstruir. Porque mientras existan manos dispuestas a sostener a otras manos, siempre habrá esperanza. Y porque, al final, la mayor riqueza de una universidad no está en el bloque, la cabilla y el cemento de sus edificios, sino en su capital humano y los valores que es capaz de evidenciar cuando la adversidad pone a prueba su alma colectiva. La previsión social no es un edificio ni un trámite; es una comunidad que se sostiene mutuamente cuando la tierra se estremece y nos convoca y pone a prueba.